Todos nos enamoramos de alguna puta, y no hablo de putas del
cuerpo como se creería, ni como la que vi aquel día de verano en San Antonio
con la Alameda, ni como la que tienes al lado en este momento, soñando,
pensando cada día como será la vida contigo en el futuro, los hijos y mil
trivialidades más de vida familiar, hablo de esa última puta que te voló los sesos,
que te enloqueció a tal punto, que pensaste dejarlo todo por ella, y después de
un desprecio, te diste cuenta que nada tiene sentido. Esta maldita ciudad está
llena de esas, por las mañanas las veo pasar frente a mí, escondidas en sus
miradas lascivas, esperando un pequeño descuido, una señal, un gesto, por eso
cada vez que camino por las calles de Santiago, miro mis zapatos, las veredas o
bien, un punto lejano en el horizonte donde su mirar no llegue más, a veces sin
embargo la recuerdo, espío su virtualidad, su vida de a pedazos, su futilidad,
su ego enmarcado, a veces la extraño, sin odio ni nostalgia, la extraño a
secas, mientras viajo en el tren de vuelta a casa, esperando encontrar su
pequeña boca decirme, hola!