Hace
cinco minutos estaba en el baño, sentado obrando, como diría mi abuela que ya
no esta, y, en ese acto maravilloso, me encontré con una noticia, a todo esto,
en un pasquín de cuarta, sobre la nueva generación de escritores, el nuevo
orden, la nueva avanzada en la literatura chilena, las nuevas letras que
pasaran a la historia marcando una generación. Y en ese marcar generaciones, se
marca (valga la redundancia) el cruel devenir del arte en relación a las clases
sociales, y no pararon de aparecer en ese listado los; Edwards, Echeverrias,
entre nombres de tipicidad ABC1, en un recopilatorio que se denomina voces,
voces del mundillo de niños bien, motivados por el arte como acto de rebeldía
hacia padres ausentes, de todo aquello que llena cada instante televisión y
cine, revistas y diarios como única prioridad, los olvidados que jamás han
sido, los parias que se auto-desclasan, que tienen miedo, temor a ser lo que
son, "hijitos de papá", niñitos mimados con acceso a todo, incluso a ser editados
sin tener talento a lo Mackenna. A veces, sobreviven a esta maquinaria algunos
Bolaños, algunas Mistrales, combatiendo contra la discriminación y el ninguneo
de un grupo que se cree dueño y lo es. Me cago en su rebeldía barata, en su uso pulcro del lenguaje, en su cursileria con olor a cuico, en sus colegios, en sus calles que no son las mías y en las mías que también son de ellos los dueños de todo, me cago en su vida de facilidad y encanto, en sus apariencias, en su imagen alternativa, me cago en su mundo y si es poco, en su universo todo también.